Insaciables
De todo el toco
"La tecnología nos comprime,
robándonos la cultura, convirtiéndonos en máquinas"
Se dice que en los momentos aciagos volvemos a lo que nos enaltece. Quizás por eso, cuando supe que la plataforma HBO Max Max HBO Max repuso ese opus magnum que es El Mariachi no pude más que ir (metafóricamente) corriendo a por él. (Ustedes tampoco demoren en darle play.) Presupongo que quien me lea ya atravesó la experiencia de ver semejante genialidad, pero aún así creo que su sola mención despertará una curiosidad más que justificada tanto en los que la conozcan como en los neófitos. Lo bien que hacen.
Claro que, en muchos casos, esto puede deberse a los entretelones de su realización. En 1995, dos años después de su estreno, el director Robert Rodriguez publicó Rebel Without A Crew1, la alucinante crónica de cómo estiró siete mil dólares —que obtuvo sirviendo de conejillo de indias de ensayos clínicos— en una aventura que resultó un suceso tan inesperado como merecido. La mistificación de las condiciones en las que una obra se produce es muchas veces un subterfugio para justificar su existencia ante la ausencia de mérito artístico. Pero en este caso la leyenda realza cada plano, cada imagen, cada diálogo.
La moraleja del libro, creo, sirve de consejo en estos tiempos. Rodriguez y sus cómplices en esta patriada —actores que no lo son, otros que sí y también cumplen tareas técnicas— dan todo por el producto final, cuya valía no reside en sus virtudes procedimentales sino en la conversión del límite inherente a sus ínfimos márgenes en una cualidad indisociable de la historia que se busca contar. Es ella, a su vez, la protagonista principal, y no sus intérpretes. El ego y la pretensión de lucro se extinguen. Lo que queda nos muestra el camino.
No importa la lista que mires, una realidad se está haciendo incontestable: la era de aquel pueril silogismo, la consolidación corporativa, llegó a la industria musical. Hace un tiempito me hice casi la misma pregunta que recorre estas líneas, y compartí una infografía muy interesante que mapea la red de propiedad circundante a la relación entre música y tecnología. También recorrí algunos aspectos de otra arista fundamental para comprender el negocio que hay por detrás del hecho artístico: el entramado de poder que se urde mediante las distintas estructuras de posesión del copyright y las argucias legales que lo sostienen.
¿Todo para qué? Bueno, uno de mis intereses es dejar constancia de un panorama en constante transformación, cuya evolución sigue tomando un cariz cada vez más alienante, cerrado y coercitivo. No es que la torta se achique —más bien todo lo contrario— sino que se corta en trozos cada vez más grandes y le llega a cada vez menos manos. Ni hablar de los artistas, las mismas discográficas y editoriales independientes (o casi) avizoran un horizonte donde la tierra ha sido inundada y lo que quedó, reseco y muerto, debe rematarse a precio vil para evitar mayores sangrías.
Pero también quiero transmitir algo de esperanza. En este caso, el nombre de ese respiro es también la dirección web de un sitio alguna vez célebre y hoy casi olvidado: Last.fm. Su heroico anuncio de mayo pasado, en el que afirman su independencia tras abrirse de una de las fusiones mediáticas más polémicas2 de la historia reciente, es a su modo la confirmación de que aún en épocas siniestras quedan idealistas —o algo por el estilo— que persiguen como única finalidad mantener a flote sus proyectos sin subsumirse a la lógica empresarial, con su nula conciencia ética y obsesión financiera.
No tener la necesidad de producir para seguir viviendo debe ser bastante desafiante. Por un lado se establece una suerte de liberación, a menudo obtenida con éxitos del pasado, que permite el crecimiento personal y artístico de quien la transita. Pero la contraparte es el proverbial doble filo de las buenas espadas: el ayer persigue a su creador con un peso inexorable, convirtiéndose en mucho más que un simple legado a medida que los años alejan la novedad y la transforman en pieza nostálgica. Esto sin mencionar la presión, difícil de ignorar, del público que clama cual coliseo romano.
Qué complejo, entonces, elegir el próximo paso corriendo el riesgo de oscurecer la integridad de lo ya obtenido. Porque más allá del ánimo de lucro, los engranajes que mueven a la creación le dan impulso al instinto, y eso no se puede (ni, diría, se debe) contradecir. Pero el temor, intuyo, debe estar. La duda de no saber si queda algo por agregar, una manifestación novedosa que lanzar al mundo por fuera del pueril pensamiento comercial —excusa que reaviva muchas carreras durmientes— es un hecho consumado. Sin embargo, como dicen que dijo Galileo, esa fuerza indetenible aún se mueve.
Los hermanos Mike Sandison y Marcus Eoin llevan cuarenta años a merced de esa inercia. Como Boards Of Canada revolucionaron el lenguaje electrónico llevándolo por reductos esotéricos, desviando su recorrido hacia lo orgánico y explorando las posibilidades de la ambientación sonora. Todo mediado por un paradigma estético —y una ética del hacer— de firmes preceptos al que acompañó siempre el señero sello Warp Records. Por eso, cuando tras trece años agitaron de nuevo su avispero, pocos sabían qué esperar. El extraordinario Inferno demuestra, una vez más, que la expectativa es una trampa. Hay que hacer. Lo demás no importa.
Toda esta inmersión en la oscuridad de la corporatocracia me recordó a otra película legendaria. Greed, de 1924, es la historia de un par de amigos que se pelean por una mujer y su (pequeña) fortuna3 hasta el paroxismo. Las cuestionables decisiones de McTeague, protagonista del film —que van de la falsificación al femicidio— son el marco a través del cual la codicia que le da título se desenvuelve con crueldad. Cuando el desenlace se manifiesta con todo su rigor, no queda un solo principio moral en pie para ninguno de los involucrados en este triste retrato.
Pero las imágenes que vemos no son la única muestra de aquella avaricia. El mito —otra vez un accesorio necesario— cuenta que tras una serie de proezas técnicas, el director Eric Von Stroheim entregó un primer corte de nueve horas. Quiso el destino que Samuel Goldwyn vendiera su productora a Metro Pictures en medio de la realización, y por lo tanto los objetivos de esta nueva y gigantesca compañía, MGM, cambiaran. Así, la idea de Von Stroheim fue mutilada hasta llegar a lo que conocemos en nuestros días. El metraje restante se considera perdido para siempre. No es de extrañar.
Sé lo que, quizás, se están preguntando. ¿Y a mí qué? Es entendible. Las intrigas palaciegas de las finanzas parecen muy alejadas del mundo que habitamos. Pero está comprobado —piensen en los casos cercanos— que las adquisiciones sucedáneas entre compañías, como un papel cuando lo doblamos sobre sí mismo, reducen la superficie de lo cognoscible, eliminando la ambición y la variedad. El panorama se vuelve sujeto a la lógica de los dividendos, y se suprime todo lo que pueda aportar riesgo y diferencia. El arte es, por definición, riesgoso y diferente. No dejemos que la mezquindad corporativa termine por doblegarlo.
Traducido al español con el hollywoodense título de Rebelde Sin Pasta.
Que atravesó, por ejemplo, estas sospechas.




