Dónde están los ladrones
Quién lo hizo y por qué lo hizo
Al saber del hallazgo de una composición de Mozart que se creía perdida, no pude evitar pensar en el increíble fraude que hizo cerrar la galería neoyorquina Knoedler. Como bien muestra Made You Look —y al parecer no tanto otro documental llamado Driven To Abstraction— el caso pone de relieve temas como la autoría y la verificación inter pares1. Para citar al abogado de la desgraciada ex directora de Knoedler Ann Freedman, "te hace pensar en la experiencia del arte, y si cambia algo saber que lo que estás viendo no es lo que dice ser".
Pei Shen-Qian había tenido cierto éxito en China, pero al llegar a Estados Unidos se encontró con que era uno más. Entonces usó su talento para duplicar pinturas ajenas. Lo llamaron estafador. Se exilió para no ir preso. Volvamos a Ganz Kleine Nachtmusik, pieza para trío de cuerdas hecha alrededor de 1765. Lo que se encontró investigando para el catálogo Köchel —exhaustivo repositorio también conocido como Mozarteum— fue una copia de autor desconocido fechada unos quince años después. Es más: antes de este descubrimiento, el joven Mozart era conocido por obras orquestales para piano.
Las instituciones dictan la autenticidad y el mérito de una creación al validar las obras que forzosamente atraviesan el desafío de integrarse a sus cánones. Así blanden su providencial espada de dos filos reglamentarios: por un lado habilitan, y por el otro prohíben y sancionan lo ajeno a su autoridad. Ellos saben distinguir un Panaphonics original, y así lo hacen saber. Pero como escribiera Juvenal en los albores del primer siglo, nadie vigila a los vigilantes. Dos mil años después de esa profética reflexión, la ley se ha convertido en un aliado fundamental para sostener su poder doctrinario.
Michael Smith quizás sea el nombre más genérico que existe. Pero lo que le pasó —o lo que dicen que hizo— lo sacó del anonimato. Con la ayuda del CEO de una empresa que hace música con inteligencia artificial, Smith armó una que sería la envidia del Mago del Kremlin: usando una VPN, bots y cuentas falsas, llenó de reproducciones fraudulentas un montón de canciones de autoría maquinal. Se habría bolsilleado unos diez millones de dólares con su trapisonda. Michael afirma que es inocente. Yo no soy un abogado de la gran ciudad, pero esa plata ¿de quién es?
Me encontré haciéndome la misma pregunta mientras analizaba los pormenores del proceso legal conocido como Hachette v. Internet Archive, que la oenegé perdió sin atenuantes (o casi). Se trata de una causa importante para el futuro de la doctrina del «uso razonable» —que ya mencioné por aquí— e involucra al proyecto Open Library, cuya existencia, afirman las editoriales, vulnera el derecho de autor. Hay que ver los argumentos de la parte demandada —una organización sin fines de lucro cuyo ethos es la conservación de nuestro legado cultural— para entender qué tan lejos estamos de que se la juzgue con ecuanimidad2.
Varios hilos unen ambos casos, pero lo cierto es que ninguno representa un perjuicio para el público. Son dos muestras del espíritu leguleyo que las corporaciones aplican cuando perciben que se vulnera su privilegio más sagrado: el lucro. Hay argumentos valederos sobre lo ético de hacer música "falsa" —lo que afectaría a los compositores "reales"— o escanear libros sin pagarle a los autores (¿se acuerdan del CADRA?), pero no llegan al fondo de la cuestión. Quiero terminar con una reflexión: todo ese precedente legal está diseñado para proteger ¿a quién? ¿De qué?
En 1985, el canadiense John Oswald sorprendió a los asistentes a la conferencia de música electroacústica de la Wired Society de Toronto al definir un nuevo género. Lo llamó plunderphonics. La tesis principal es bastante revolucionaria: después de todo, el subtítulo de su ensayo es «la piratería de audio como prerrogativa autoral». Oswald arguye que las —entonces novedosas— tecnologías que posibilitan samplear sonidos y reapropiarlos son en sí mismas instrumentos creativos. Por lo tanto, la autoría y sus potestades están dadas por el acto de seleccionar y reutilizar estos fragmentos, y ni siquiera el copyright puede contrariar esa praxis3.
La industria no pensó igual, claro. Oswald plasmó su concepto a la perfección en el CD Plunderphonic, cuyas copias fueron destruidas por pedido de las discográficas. Pero como pasó poco después en China, cuando los pibes de la generación dakou —cuyas andanzas cronicó Yan Jun en un libro compilado por Dobra Robota— pegaron los pedazos de los cassettes que las compañías yanquis hicieron compactar en su país y aprendieron de ellos, el mensaje de John fue bien asimilado por las nuevas generaciones. De hecho, el germen de su idea prohijó auténticas obras maestras de la música contemporánea.
Sirva Jamie Kost, artista transgénero conocida como Butterfly Boy, como ejemplo de impronta autoral aplicada a los sonidos del collage. Según su cálculo, pasó un año trabajando en su nuevo muestrario de experimentos, Good Times. Con trescientos cincuenta fragmentos provenientes del doble de discos —algunos muy reconocibles, otros reinterpretados— pergeñó una serie de viñetas de fuerte resonancia emocional que transmiten un mensaje melancólico y (p)optimista. Este álbum y sus canciones son un gran alegato en favor del complejo y delicado proceso que involucra una intervención de este calibre, y no hay ley que pueda quitarles su potencia creativa.
Pocas cosas me recuerdan tanto a I-Sat como los docus RiP: A Remix Manifesto —¡hasta hay versiones online capturadas de la señal!— y Everything Is A Remix, que podría ser su hermano mayor. No por su calidad, sino porque lo que ambos plantean, éste lo cumple. A lo largo de sus múltiples variaciones, la película demuestra que una creación en apariencia fija es pasible de ser remezclada. Su director Kirby Ferguson —que anda experimentando con nuestra frenemy, la IA— ahora enseña este método. Después de todo, no es ningún secreto: la cultura que vivimos es una reversión permanente.
El eje filosófico —o debería decir pragmático— que recorre los dos films está bien sintetizado en lo que RiP denomina «el manifiesto del remixer». Han pasado quince años desde que se plantearan estos puntos, y las preguntas que sus cuatro simples sentencias desatan no sólo no han perdido vigencia, sino que son fundamentales. ¿Queremos un futuro en el que las reglas sean remanentes del pasado? ¿Eso nos hace libres, o nos ata a modos que deberíamos superar? ¿De qué sirven las leyes si no representan lo que pensamos, hacemos y sentimos hoy?
El derecho egipcio antiguo, quizás uno de los primeros antecedentes de la disciplina en la historia humana —tres mil años antes del cristianismo— se basaba en el espíritu de la diosa Ma'at, símbolo de armonía cósmica cuya mitología también servía para enseñarle a los jóvenes a leer y escribir. La única forma de hacerlo —por lo tanto, de transmitirse cultura— era copiar de las Máximas de Ptahhotep, que describían las bondades de la deidad. Quienes llegaban a escribas y redactaban los textos que gobernarían al reino debían siempre recordar esa práctica. Sólo así podrían ayudar a que la humanidad avance.
Hace poco encontré un podcast al respecto. Muy interesante desde lo legal.
Recomiendo la entrega del newsletter de Tomás Aguerre sobre Sci-Hub, un caso similar.




