El cielo es muy caro
Te nombro y me desvelo por vos
Como muchos de ustedes, pasé mi tiempo "libre" a fin del año pasado consumiendo —quiero decir, mirando— algunas producciones audiovisuales popularizadas merced a su amplia difusión mediática más allá de su calidad intrínseca. Sin embargo, no pudo mi mente inquieta abstraerse por completo, y su capacidad de encontrar ejes que todo lo relacionan y que (a veces) escapan de lo aparente se hizo presente al analizar dos productos disímiles, pero conectados. Hablo de la serie All Her Fault de Peacock —aquí disponible a través de Amazon Prime— y el largometraje Marty Supreme. Sí, lo sé. Ténganme paciencia.
Cual fatídico cuervo, revolotea en derredor de la pesadilla familiar de los Irvine un estigma: la necesidad imperiosa de mantener un estatus social al costo de perderle el agarre a los estribos fundamentales de la vida. La idea —poco solapada— de que una distracción no es apenas eso, sino el producto mismo de su modus vivendi, persigue a mamá Marissa. También será la sombra negra de papá Peter y su círculo. Con la certeza que da el terror, descubrirán que su fortuna no puede garantizarles lo que ansían: la tonta, menospreciada seguridad de un día normal.
No hay tal realidad para el inefable Marty. Ni un día normal, ni un mango partido al medio al que considerar suyo. No por nada en los años ‘50 en los que se sitúa la película se había vuelto popular hablar de la «carrera de ratas»1 : la existencia como un laberinto ordenado por factores externos, un esfuerzo que parece no terminarse ni ser del todo satisfactorio. El proverbial queso tiene un inconfundible color verde. Conseguirlo pasa a ser lo único que importa, de cualquier manera y más allá de toda circunstancia. Pero nunca alcanza.
Si vienen leyendo estas entregas, sabrán que desde su auténtico comienzo sigo con atención las vicisitudes de la prensa musical. En particular de uno de sus espacios señeros, Pitchfork. Esa serie de consideraciones tuvo una actualización a mediados del 2025 donde —sin mencionar al sitio web originario de Minneapolis— intenté desgranar el estado de la praxis periodística con resultados desalentadores. Bueno, al parecer el momento que presagiaban mis escritos llegó. En enero, anuncio mediante, Pitchfork saltó el tiburón. ¿La treta? Por módicos cinco dólares, vos —sí, vos— vas a poder inmiscuirte en su santo grial, las críticas de discos.
Según su director editorial —otrora forista— Mano Sundaresan2, si bien «aún creemos en […] la primacía del gusto» de la publicación que dirige, «la crítica musical es un ejercicio inherentemente social». Su intención, entonces, es «profundizar la conexión de los lectores con la música y con sí mismos». Aunque por un lado la prosa de Sundaresan resuene con optimismo inusual en esta fase anárquica de las opiniones en el ciberespacio, por otro se le ven los hilos del lucro más cínico: sin ser suscriptor sólo podrás acceder a cuatro artículos mensuales. Qué linda mi socialización, se rompió mi socialización.
Que el periodismo está atravesando una crisis generalizada no es ningún secreto. (Si no pregúntenle al Washington Post o al SiPreBA.) Como le gusta decir a los cientistas sociales, es un fenómeno multicausal, con acento en la pérdida de representatividad de los medios en relación a su(s) público(s) y su falta de adaptación a las nuevas formas (y formatos) del discurso online. En este panorama, la decisión de Pitchfork no es novedosa. Conocemos los paywalls —también los modos de evitarlos— y sus efectos. Lo que habría que preguntarse es: ¿valdrá la pena bajar treinta años de banderas por eso?
Escuchar música que dice cosas no significa que éstas tengan que expresarse con palabras. Lo que construyen las canciones, y las ideas que las sustentan, puede transmitirse de muchas maneras. En el caso de The Soft Pink Truth, nom de plume de Drew Daniel —a su vez ½ de Matmos junto a su esposo Martin M.C. Schmidt— la primera evidencia son las preguntas que forman el punto de partida donde su inquietud creativa se dispara en múltiples direcciones. Con su última aventura, Can Such Delightful Times Go On Forever?, nos insta a una reflexión cargada de sentidos.
Daniel sacó el título del álbum de una hermosa cita de Le Rouge Et Le Noir de Stendhal3. Desde allí traza una parábola que se yergue «en desafío a un mundo cada vez más brutal» y abraza «los valores de intimidad, comunidad y belleza sin tapujos como contrapunto idealizado de un presente dañado y horrible». No en vano es profesor en el departamento de inglés de la Johns Hopkins University, porque el delicado uso del lenguaje que hace en las notas de la edición es apenas un prólogo para su trasvasamiento a otro idioma, el de la inventiva musical.
Es entonces cuando los conceptos pasan a un segundo plano, pero sólo para reforzar su importancia como sostén del recorrido por el que nos conducen estas ocho climáticas, expansivas composiciones. A diferencia de los anteriores discos de The Soft Pink Truth, la electrónica es abandonada casi por completo en favor de un pulso sanguíneo y sensible. Es sin dudas la mejor decisión de las muchas que Daniel tomó al pensar este material, ya que galvaniza la intención detrás de la música: realzar el valor de lo humano por sobre cualquier otra cotización de las tantas que mueven el devenir contemporáneo.
Creo que estuve pensando en el tema porque hace poco recibí un informe de esos que recomendaría leer para entender por dónde está yendo la cosa y, sobre todo, hacerse preguntas. Will Page es británico. Fue economista jefe de Spotify y PRS For Music y luego saltó al mundo editorial. Desde allí se dedica a rastrear las tendencias del ecosistema musical —acuñó un muy pegadizo neologismo con el que bautizó su práctica, «rockonomics»— por lo que se volvió un referente. Cuando el tipo escribe, la industria lee. Mucho más, por supuesto, si sus diagnósticos están llenos de buenas noticias.
En su reporte del 2025 —basado más que nada en datos del año anterior— Page afirma que el valor de los derechos musicales alcanzó un nuevo techo histórico, que duplica las cifras de una década atrás. Si bien los valores divergen entre las distintas actividades que componen el área que es su objeto de estudio, los números son impactantes. Considerando que la actividad económica a nivel global tiende hacia lo recesivo —una concesión que el paper apunta como observación— y que el ámbito mediático es una víctima de esa retracción, uno no puede más que preguntarse dónde va el dinero.
Si los músicos —como contamos acá— no ven gran parte de esa millonada, y quienes difunden su arte también deben recurrir a triquiñuelas para agenciarse monedas cual Marty Mauser estafando pueblerinos, queda claro que en esta época de auge del inversionismo el negocio no está en el corazón, sino en el bolsillo. Así, los grandes ganadores del sistema no le aportan algo duradero. Vaya una advertencia, entonces. Si lo único que nos alegra es un cero más en una cuenta bancaria, un día perderemos noción de lo que en verdad nos rodea. Hay distracciones que no tienen vuelta atrás.
El término lo usó, por ejemplo, Philip K. Dick.
De la traducción en español: «¿momentos tan dulces durarán para siempre?».




