Te amo, te odio, dame más
Malo si lo haces y malo si no lo haces
En 2023, el chileno Benjamín Labatut —que ya había sorprendido al mundo editorial con Un Verdor Terrible— publicó su primera obra en inglés, la ¿novela? The MANIAC1. Pongo el interrogante en la taxonomía de un mamotreto (cuatrocientas páginas en su versión en castellano) porque no puede decirse que sea una ficción ni un retrato realista de sus sujetos, sino algo en el medio. Algo inquietante e innovador. La inflamable prosa de Labatut recorre tres historias entrelazadas en lo que el crítico del Los Angeles Review Of Books Ed Simon llamó con agudeza las «pesadillas de la razón».
El centro neurálgico de The MANIAC es la semblanza coral —cuya estructura sugiere una lectura de múltiples fuentes tamizada por la imaginación de Labatut— del controversial matemático húngaro John (von) Neumann. Exiliado —como tantos pensadores de su tiempo— desde Europa a los Estados Unidos, Neumann fue uno de los nombres clave detrás de una iniciativa que cambiaría al mundo para siempre (y no para mejor): el Manhattan Project que dirigía otro tipo tristemente célebre, J. Robert Oppenheimer. Si vieron la película homónima, habrán notado que incluye a varios científicos ilustres. Von Neumann no está. ¿Por qué será?
En simultáneo a su trabajo en el proyecto nuclear —durante el que promovió la solución de la implosión y diseñó los imprescindibles lentes explosivos: pavada de aporte— Neumann se interesó por la teoría computacional. Su arquitectura programática sería fundamental en el desarrollo de las primeras máquinas de cálculo. Bautizadas con acrónimos increíbles (EDVAC, ENIAC, MANIAC), sugerían un fin de cuya inminencia John estaba muy seguro: la singularidad. Sus últimos años —murió en 1957, enfermo de la radiación que absorbió en Los Alamos— prueban que la razón llevada al extremo conduce a la locura. Una idea que vale la pena revisitar.
Si esta introducción les pareció un tanto deprimente, pueden agradecérselo al bajista y teórico musical yanqui Adam Neely. Su último (y muy recomendable) video-ensayo "Suno, AI Music And The Bad Future" es un recorrido también muy poco optimista —aunque con mucha mejor factura— por un par de consideraciones que alguna vez trasuntamos aquí. En particular me agradó escucharlo hacerse eco de una reflexión derivada de escuchar al CEO de Suno, Mikey Shulman, y su plan para el futuro de la música grabada: la técnica no existe, bienvenida la primacía del gusto. Pero queda mucho más por digerir de su disertación.
Neely demuestra la gran diferencia entre el avance de la IA generativa aplicada a la composición y los otros desarrollos tecnológicos que modificaron esta práctica a lo largo del tiempo: el llamado —citando a su manifiesto2 aparecido hace un par de años— «tecno-optimismo» no es más que la máscara que esconde la búsqueda de una elite dominante por llevar su supremacía de lo (socio)económico a lo (socio)cultural. De ahí que resulte confuso que ante las medidas que las plataformas toman para limitar los contenidos sintéticos se alce una queja por parte de algunos partícipes del sistema. Et tu, Resident Advisor?
Comprendo —Adam también— la necesidad de incorporar la herramienta como una forma de no quedar atrás cuando otros la están usando. Es un poco lo que arguye Holly Herndon (citada en el newsletter de RA y el ensayo): si prohibimos una técnica, ¿no estaremos atrasando al inexorable progreso? Es una pregunta válida. Pero me animo a retrucar —haciendo propios varios de los conceptos de Adam Neely— que si aún queremos ser protagonistas de ese avance, tenemos que decidir cuáles serán las formas que tomará. No estoy seguro, sin embargo, de que eso sea lo que quieren los profetas del futuro.
Un elogio increíble —y por increíble quiero decir estúpido— que Shulman le hace a su propia plataforma es que incrementa el rendimiento del compositor de manera tal que puede escribir "quinientas canciones al año". Dejando de lado que su afirmación evidencia un completo desconocimiento sobre los factores que motivan al acto creativo, la introducción de una variable tan foránea al arte como la productividad es parte del trastrocamiento de éste en una inversión más: la infame «comodificación» que ya mencionamos aquí. De perseguir este modelo no importa tanto qué creemos, sino cuál es el resultado obtenido en relación al tiempo malgastado.
Permítanme presentar la carrera del inglés Dan Snaith como contraargumento. En un comienzo se hacía llamar Manitoba. Con ese seudónimo editó dos álbumes que lo pusieron en el mapa3. Fue contratado por Domino y, rebautizado como Caribou, produjo en pocos años discos memorables, perfectos. Casi sin pausa, ascendió hasta ser uno de los artistas definitivos de su tiempo; a todo esto, en paralelo obtenía un doctorado en matemáticas. Pero había algo en la popularidad vertiginosa de Caribou que no terminaba de llenarlo. Con inicial timidez, luego con certidumbre, afianzaría su lado más bailable a través del nom de plume Daphni.
Así llegamos a esta psicodélica obra a la que bautizó Butterfly, su decimotercer disco de estudio —y sexto bajo el ala de Daphni— en veinte años de carrera. Si pensaban que este exceso prolífico podía afectar la propuesta artística de Snaith, es mi deber marcar su error. Más allá del gracioso permitido del dueto consigo mismo, consolida su sitial como uno de los más empedernidos buscadores del panorama electrónico. A su vez, devela un lado sensible, capaz de la euforia más danzante pero también de un reposado sentimentalismo. A la inteligencia artificial, Caribou/Daphni/Dan le opone inteligencia emocional.
Como contrarianista irredento, es mi deber defender la existencia del argumento que se alza en desacuerdo con la opinión mayoritaria. En el caso de la inteligencia artificial, este consenso puede leerse en la fulminante carta abierta que acaba de publicar el blog Music Technology Policy. «Suno se apropia de y saquea el trabajo creativo mientras socava su ecosistema comercial», denuncia. «La tecnología no está al servicio del músico, sino el músico al servicio de la tecnología». Es una diferencia a analizar al pensar las intenciones que hay detrás de la herramienta, y echa por tierra cualquier refutación.
Nadie —ni siquiera esta rotunda solicitada— se opone al uso de la IA como un factor añadido a la experiencia musical. Lo que queda cada vez más en evidencia cuando las entidades corporativas que financian estos avances muestran sus dientes es su convicción de estar modificando el panorama artístico. Pero su intervención lo convierte en una praxis solipsista y vacía. En su video, Neely conduce un breve experimento donde le pregunta a los usuarios de Suno por sus influencias. La respuesta no los sorprenderá. El avance del individualismo narcisista aplicado a la creación, ¿es el futuro que queremos?
El desafío es dejar de alimentar la maquinaria y reflexionar sobre lo que hacemos. El placer de crear algo de la nada —ya sea un plato de comida, un cuadro o una bufanda— está en los pliegues de la experiencia, y la experiencia es una inversión —ay, esa palabrita— de tiempo en el proceso de prueba y error. El Manhattan Project duró unos cuatro años, y al terminar sus responsables temieron por las consecuencias de su hallazgo. Cuando trabajaste mucho en algo, entendés el poder que le soltaste al mundo. Tu deber, entonces, es encauzarlo.
Aquí su autor, el nefasto Marc Andreesen, haciendo cosplay de Coneheads.
Tanto que lo denunció el gran Handsome Dick homónimo.




