Hacer la amistad
¿Qué le dijo el cuervo al pájaro carpintero?
Hay historias que te atrapan por motivos que al principio desconocés y que en algún momento terminás entendiendo. Esta es una de ellas. Dentro de pocos días cumplirá treinta y cinco años de existencia uno de los enigmas más convocantes de la historia reciente de la humanidad. Instalada el 3 de noviembre de 1990 a las puertas del cuartel general de la CIA en Langley, Virginia, la escultura Kryptos ha fascinado a expertos en encriptación de mensajes. Sus paneles de letras caladas contienen una serie de cuatro claves que, una vez reunidas, descifran un código. Sólo tres han sido resueltas.
A sabiendas de la manía que desató, su autor Jim Sanborn tomó la polémica decisión de subastar la solución a la última. Este remate1 no es la única forma en que Sanborn obtiene beneficios económicos de su obra: también cobra cincuenta dólares a quien quiera probar su deducción. Así que no le sorprendió recibir un mail más. Pasa que esta vez el remitente, un escritor llamado Jarrett Kobek, tenía razón. Y como en "The Purloined Letter", la respuesta estaba oculta a simple vista. Entre los papeles que Sanborn le donó al museo Smithsonian, una sencilla hoja mostraba la cifra completa.
En el correo, Kobek le aclaraba a Sanborn que no pretendía revelar su descubrimiento y arruinarle el negocio. Sólo quería saber la verdad. Pero a veces, esa necesidad hace que encontremos cosas que no quisiéramos haber visto. La contraoferta lo horrorizó. Sanborn le propuso compartir un porcentaje de lo recaudado a cambio de firmar un acuerdo de confidencialidad. (Sí, a él también le contestaron con el bolsillo.) Kobek se negó. Le pareció que no admitir que la evidencia existe sería defraudar a los que pujaran. No la develará, aunque exigió que se comunique su hallazgo. Todavía queda gente con principios.
Esto lo conté acá hace un tiempito, y cuando el río suena, dice el refrán, agua trae. Primero aparecieron las renovaciones de licencias musicales. Estamos todos en el mismo barco otra vez. Después, el anuncio de un combate —tardío, aparatoso, un poco teatral, bastante banal— contra el AI slop, o dicho en criollo, la basura hecha con inteligencia artificial. Para Spotify —que viene de un año movido, que incluyó la baja del tristemente célebre CEO Daniel Ek— todo eso fue sólo el principio. Porque cual croupier con la mano cargada, se estaba guardando su carta más importante para el final.
Cuando empecé a escribir estas palabras, lo hice pensando en lo que significaba que una compañía de notoria renuencia a combatir la mala praxis de la IA revirtiera su posición. Se me ocurrió que esto —junto con la llegada del audio en calidad máxima, otro pedido que llevaba años sin cumplirse— tenía que ver con un acercamiento nada sincero y por demás evidente al favor del público, una suerte de reconocimiento entre los boicots y las deserciones. No es que les importe, pero de algún modo —a la manera del pinkwashing2— tienen que hacer como si. Bueno, no.
El golpe maestro del gigante sueco —con la connivencia de las discográficas— se dio a conocer el 16 de octubre. Aunque no tiene un nombre pegadizo tipo Perfect Fit Content, el desembarco de los «productos de inteligencia artificial para artistas» es —dicho con sutileza— un detector de boludos. Si conocés un músico que crea que la idea es ayudarlo, mandalo a leer. «Estamos comprometidos a asegurar que la IA realce la artesanía y cree nuevas oportunidades para la industria». Disculpen la desconfianza, pero dados los antecedentes, me inclino a concluir que es una o la otra. ¿No les parece?
A veces lo único que necesitás para despertar la creatividad es, bueno, ser creativo. En el caso del cuarteto polaco Błoto, habría que pensar si además no le ponen algo a las aguas del río Óder que atraviesa su ciudad de origen, Breslavia. El grupo es, en esencia, un proyecto paralelo de parte del quinteto EABS —acrónimo de Electro-Acoustic Beat Sessions3— reputado conjunto de intrépidos que lleva más de una década produciendo poderosos materiales y girando por el mundo con su frenético show para mostrarlos. En su tiempo libre, sin embargo, no descansan: se dedican a producir aún más.
Para hacerlo, encarnan alter egos. Así, el saxofonista Olaf Węgier se convierte en OlafSaxx, Marek Pędziwiatr toma sus teclados y se transforma en Latarnik, el bajista Paweł Stachowiak se troca en Wuja HZG y el baterista Marcin Rak en Cancer G (qué horrible este último apodo). Estas máscaras les permiten darle vida a una propuesta electrizante, inclasificable. Su música recoge algunos puntos de referencia en forma de géneros cuya taxonomía reconocemos —jazz, hip-hop, electrónica— pero en sus manos, esas clasificaciones pasan a ser cáscaras vacías que no describen sino que limitan el desarrollo de lo posible. Błoto es mucho más.
Gryzby —palabra polaca para «hongos»— es la última escala en su viaje. Habían sido prolíficos en exceso hace un lustro, cuando sacaron tres discos seguidos antes de sumirse en la actividad de EABS. Volvieron a reunirse en 2023 y unas sesiones maratónicas en el Studio Pasterka dieron luz a dos simples, al álbum Grzybnia y a su continuador. Parece como si trabajaran con la celeridad de una inteligencia artificial, sí. Pero escuchándolos hallamos un terreno donde ese artilugio generativo no tiene lugar: esta música sólo puede venir de la alianza entre seres comprometidos con sus ideas y su ímpetu creativo.
Si, como yo, son fanáticos de desentrañar los orígenes de un meme, ya conocerán la historia de este. De otro modo, permítanme contárselas. Les prometo que todo tendrá sentido al final (creo). A diferencia de muchos, no está en la biblia del asunto, así que entremos en la genealogía de la imagen subtitulada al portugués —idioma divertido para estas lides— del Pájaro Loco estrechando la mano de un cuervo que le dice "amigo". En el episodio original de Woody Woodpecker, "Crowin’ Pains" (1962), el ave negra en cuestión se llama Jubilee. Sepan esto: la foto no es lo que parece.
Su habitual angurria lleva a Woody a acosar a una anciana. Cuando el plan fracasa encuentra a Jubilee, que baila en un granero al son de la one-man band de un campesino que le promete comida al terminar. Woody la ve: convence a un incauto Jubilee de que una señora le regalará algo rico y le ofrece reemplazarlo. Pero, claro, el engaño sale mal. El pago es escaso e indeseable, y cuando nuestro (anti)héroe busca agenciarse otra cosa descubre que su jefe es también un taxidermista que intenta pasarlo a valores. Así, nadie obtiene lo que quiere.
¿Por qué terminé hablando de un dibujito de hace cincuenta años? Porque me gustó la moraleja: un apretón de manos y una amistad fingida no significan nada si no hay un entendimiento pleno de las circunstancias subyacentes. Sólo así se sabe quién se beneficia con un acuerdo, o si las dos partes pueden sacarle tajada. En este caso, los artistas parten de una posición de debilidad, con lo que podrían tentarse y tomar lo que les ofrecen en pos de encontrar una pequeña ventaja. Lejos estoy de juzgarlos. Les sugiero que piensen bien en lo que están dando a cambio.
Sigue hasta el 20 de noviembre, y hasta ahora está en 137 mil dólares.
A su vez nombre del evento que organizaban en el desaparecido Klub Puzzle donde se formaron.




