Sobre gustos
Siempre hay algo más por escribir
Si, como afirma Gilles Lipovetsky en una de sus últimas incursiones editoriales Le Nouvel Âge Du Kitsch, «"ser uno mismo" se ha convertido en una norma consensuada de masas» resulta que estamos en un momento en el que «el ideal ya no es respetar las convenciones, sino exhibir una individualidad que escapa a los moldes sociales». Puede que, entonces, se vuelva cada vez más complicado delimitar dónde empieza la intención real de sentirse conmovido por una obra de arte y termina el imperativo sociocultural que sustenta esa decisión. Siguiendo a Lipovetsky, diríamos que es una idea indeseable, pero no imposible.
Somos lo que consumimos, alega el filosófo francés. También, con una insistencia casi enfermiza, sostiene que eso nos adentra en la era (de las variantes del término) kitsch. «El capitalismo ha convertido el exceso consumista en la manera de existir de la población […] y el estilo de vida neokitsch en un hiperkitsch hedonista». Así, lo que otrora fuera un movimiento estético de celebración de lo exagerado es hoy la forma que encuentra Lipovetsky de resumir la —para usar un giro idiomático de su lengua— raison d'être del ser contemporáneo, al que no en vano rebautiza «homo kitschicus».
Quizás no lo sepa, pero su tesis se interseca bien con otro libro reciente, el Exit Reality de la italiana Valentina Tanni1. Partiendo del análisis de ciertas tendencias de la cultura de internet, Tanni lanza una cruda sentencia: «nuestra visión de la realidad se ha vuelto tan fragmentada […] es difícil identificar un horizonte común, un consenso generalizado o referencias culturales compartidas». Así, la singularidad es a su vez un mecanismo de defensa y una obligación. Si a esa dualidad le añadimos la intermediación de fuerzas foráneas, ¿qué hay de humano en lo que decís elegir?
Ya era suficiente con jugar en el patio de los algoritmos. Ahora resulta que encima tenemos que pedirle consejos (¿permiso?) a la inteligencia artificial. Algo así escribe en una encendida entrega de su Futurism Restated el alguna vez citado forista Philip Sherburne. Parte de una experiencia perturbadora: usar la IA para que le recomiende nueva música. Sherburne encontró en la muy evidente publinota de Resident Advisor —otros ya referidos acá porque se les está empezando a notar la hilacha— sobre el servicio Diggercamp2 una excusa y arguyó lo mismo que Tanni y Lipovetsky, aunque desde otro lugar.
Inventado por el DJ italiano ti es, Diggercamp promete alimentarse de fuentes por fuera del consumo masivo y —usando una tecnología de Microsoft llamada CLAP— proveer al usuario con propuestas que le interesen no por hábitos previos, sino por su sonido. Se supone, entonces, que esta plataforma escucha por nosotros. Más allá de si eso nos interesa o no, he aquí otra frontera que los geniecillos de la IA generativa nos quieren convencer de atravesar. Como una madre pájaro con su incauto pichón, la máquina vomita conocimiento regurgitado en nuestras bocas abiertas y nos convence de que es un manjar.
Supongo que no podemos culparlos por intentarlo. Es su mantra: van por todo. La nueva faceta de lo que Yanis Varoufakis llamó «tecnofeudalismo» la representa el doble filo del hiperconsumo como requisito para estar presente en el mundo y el paulatino abandono de los preceptos detrás de esas decisiones en manos de una lógica opaca y externa. En el medio, la cesión —semi voluntaria— de nuestra información privada y su uso cual mercancía garantizan que nuestros placeres sean sistematizados hasta convertirse en demanda supuestamente espontánea, completando el círculo. Siendo así vale preguntarse: ¿por qué nos gusta lo que nos gusta?
Curiosidad es un concepto, bueno, curioso. Cualquier cosa puede despertarnos la necesidad de profundizar en una indagación. A su vez, cualquier cosa puede ser apenas una nota simpática al pie. Pero cuando la potencia de estos dos sentidos —en apariencia contrapuestos— de una palabra se conjuga, ocurre un fenómeno al que debemos escoltar hasta donde nos lleve. Al menos en mi caso, es una de las principales columnas en las que se asienta la noción en debate en estas líneas. Si algo despierta mi curiosidad con la fuerza suficiente, es posible que lo haga con mi gusto.
Hannah Peel es una compositora norirlandesa cuya búsqueda pertinaz a través de los caminos creativos vale la pena seguir. En 2023 conoció a la percusionista china Beibei Wang3, que quedó impresionada por la facilidad con la que Peel conjuró el sonido de una ciudad que no conocía. Juntas decidieron, dicen las notas de The Endless Dance —su reciente disco a dúo— que podían "crear un mundo nuevo con la imaginación". A juzgar por el resultado de esta unión, han triunfado. Partiendo desde los veinticuatro términos [節氣] que emanan del calendario lunisolar chino, han desplegado un caleidoscopio de ideas alucinante y alucinado.
Cinco días en el estudio Real World les bastaron para canalizar un torrente en el que se entremezclan la intuición y la armonía —piedras basales del tao, claro está— con la aventura de encontrarse en el idioma universal de la música. Esto sólo puede lograrse abandonando los prejuicios, entregándose a lo desconocido, jugando con los sonidos y las texturas sin otro fin que estimular la creación. La propia y, por qué no, también la ajena. Escuchar The Endless Dance, además de una experiencia por demás intoxicante, es imbuirse en una fuente de inspiración que anima a persistir. No es poco.
Ojo, nada de esto implica que no haya esperanzas. De hecho —y como para abonar al chiste— ambos autores plantean contrapuntos que podríamos llamar optimistas. La conclusión de Lipovetsky resalta la necesidad de «fortalecer la educación artística» para así «aprender a leer el kitsch» y «darle su justo lugar […] en vez de ignorarlo y demonizarlo». Más romántica, si cabe, Tanni afirma que el arte «nos permite abrir una ventana a una dimensión interior […] a explorar paisajes mentales y perceptivos desconocidos». No voy a inmiscuirme en sus opiniones, pero creo que quieren decir que no está todo tan mal.
Tenemos tiempo para revertir las tendencias que atrapan nuestra vida con su lógica, por más inescapables que parezcan. Amén de la insistencia casi militante respecto a la obligación de regular las prácticas predatorias de estas bestias de la extracción y usufructo de datos, el individuo tiene potenciales vías de escape —ya no subterfugios ante lo inevitable— que se relacionan con encuentros básicos con las facetas más elementales de su naturaleza. Incluso si eligiera seguir las modas o la masa, cual homo kitschicus, puede reconocer que existe algo suyo en esa elección y hacer propio ese fenómeno otrora ajeno.
Ahí está, supongo, el secreto —si lo hubiera— del gusto. Que es nuestro y de nadie más. Elaborar complejas articulaciones conceptuales para justificar por qué elegimos lo que elegimos es un pasatiempo agradable —qué sería de nosotros, los escribas del quehacer artístico, sin él— pero de ningún modo esos armatostes abstractos se acercan a la cruda e intensa realidad del sentir. Es ese ardor —la llama irredenta de la esencia humana que crepita en cada uno de nosotros— lo que a fin de cuentas nos guiará por la senda del mañana, por más plagada de obstáculos que parezca hoy.
Traducido de forma impecable y editado por Caja Negra bajo el título Estéticas Liminales.
Yo lo linkeo, ustedes sabrán qué hacer con eso: diggercamp.com.
La excusa fue un gran disco del Manchester Collective, aparecido ese año.




