Usá tu ilusión
No busque más señor, que no hay nada mejor
Quizás no haya mucho más para decir sobre Inside The Manosphere, el estrambótico documental del siempre cáustico Louis Theroux. En serio. Se han escrito muchísimas cosas más interesantes que lo que pueda aportar, pero ahí vamos. Desde el comienzo resulta refrescante ver a Theroux salir de su lugar de ingenuidad socrática y atacar de manera expresa los cimientos de la toxicidad machista que el cuarteto de burdos estereotipos —hay un gymbro descerebrado, un entrepreneur petulante, un misógino domado y un nazi conspiranoico: miren toda la cacona que juntaron aquí— a los que entrevista edifica.
En particular, tomé con interés un tópico que se recorre de forma oblicua y a su vez es la base del planteo del film: cómo la identidad de estos muchachos se estructura en torno —y también en respuesta— a su efecto en los micromundos de las redes. Sin importar cuán repudiables, estúpidas o contradictorias1 sean sus acciones, todo tiene un fin. Ser influyente es principio y objetivo de sus vidas dentro y fuera de la red. Inside The Manosphere expone ese vacío y resalta su principal peligro. ¿Qué pasa cuando la gente se cree esos cuentos a pie juntillas?
En un momento álgido, Theroux contabiliza el público que tienen sus sujetos. Aunque no trace una conclusión respecto a ese número, su sola mención invita a la reflexión. El arraigo de la influencia como parámetro genera una quimera de pertenencia sin correlato en el afuera. Por supuesto, es preocupante que un grupúsculo de especuladores manipulen las opiniones de sus seguidores con el objeto de hacer —o fingir que se hace— dinero. Asimismo, el impacto de sus extremos idearios en la juventud parece catastrófico. Aún así, no pude evitar preguntarme cuánto de esto es real y duradero.
Sobre este tema también se ha reflexionado bastante. A fines de marzo, una muy buena publicación de la forista —y música profesional— Eliza McLamb develaba una estratagema que no por presupuesta deja de ser sorprendente, en particular si se falsea autenticidad con ella. El auge de las agencias de marketing que trafican viralización artificial alcanzó a una de las bandas mimadas del rock contemporáneo, los británicos Geese, y las editoriales no se hicieron esperar. Wired los llamó «operación psicológica» y «plantados por la industria», The Guardian los tildó de «falsos» y «cínicos». Pero no es lo mejor que leí2.
Ese galardón le cabe a otro forista, el incendiario Tony Price, compartido por el no menos fogoso compatriota Luis Paz. Partiendo de la premisa de que «todo en la internet es falso», Price compone un largo ensayo en el que ataca con precisión el quid de la cuestión. «Cruzamos el umbral donde una esfera de la industria existe para simular las condiciones en que la viralidad se da naturalmente», o dicho en criollo: asistimos al despliegue coordinado de una maquinaria orquestada que le describe el ropaje del rey a los plebeyos que lo observan, tan azorados como mudos y crédulos.
Va de suyo que esto no es ilegal. Apenas —y no es poco— reñido con la ética del movimiento. La autenticidad no debería ser una moneda de cambio sino el valor fundacional de la relación con el público. Al manufacturar «ímpetu percibido», Geese (y otros) se benefician de una «amplificación algorítmica» que a su vez se canjea por mejoras en su posicionamiento en el panorama mediático reinante. Así te roban en Palermo Spotify. Para terminar citando a Price (léanlo entero), «la realidad no es medida: se falsifica y luego alimenta a través de bucles de percepción hasta que parece real». Terrorífico.
Lo primero que salta a la vista del personaje responsable del disco que comparto hoy es, bueno, que es flor de personaje. Su propuesta consiste en un entramado de performance, provocación y musicalidad, todo pasado por un infaltable tamiz sarcástico. No en vano Harry Sargeant —la persona detrás del seudónimo, inglés residente en Berlín— es un tercio de esa legendaria pandilla de bromistas llamada Wevie Stonder. En Mr Vast, Sargeant aporta la teatralidad y presencia escénica mientras su compañero Al Boorman —que se publicita como diseñador sonoro— confecciona abstracciones convirtiendo en canción diversas fuentes de variado origen.
¿Qué es, entonces, lo que relaciona este álbum con el tema de marras? ¿Por qué me interesó lo suficiente como para incluirlo acá? En principio, el juego que se establece a partir del ida y vuelta con el público en un caso así es fascinante. Sargeant no se esconde, pero al encarnar a Mr Vast condiciona al espectador (o escucha) a un acto de credulidad, complicidad en cuyo centro —cual diagrama de Venn— se produce un pase mágico: la savia vital del teatro. Por otro lado, Upping The Ante demuestra que la música —no la careta— es lo que importa.
Porque cuando escuchás estas canciones, despojadas por naturaleza de su alter ego visual, algo sucede. No hay viralidad ni artificio que pueda imponerse al impulso de crear, aunque el resultado sea incómodo —vaya que hay incomodidad aquí, si hasta se lo tilda de «dificultoso tercer disco»— o confuso. Es tarea del oyente desentrañar sus propias y auténticas emociones al someterse al proceso, sin sugerencias que lo orienten —más allá de las buenas críticas, que las hay— sobre qué sentir. En palabras de su creador, Mr Vast "no es arte; es algo que te pasa, así que permitile hacerlo".
Cuando empecé a pensar el eje que hilaría estas ideas, recordé que había visto un documental parecido a Inside The Manosphere. O eso creía, porque más allá de similitudes en el tono, Fake Famous no tiene nada que ver con el enfoque revelador de Theroux. En típica manera estadounidense, el periodista Nick Bilton —mejor autor que documentalista— urde un engaño que busca explotar la raíz misma del ámbito en el que vive. A través de un casting, elige tres aspirantes a influencer (sí, eso existe) y con variedad de tretas les construye una celebridad evanescente y, claro, falsificada.
Por supuesto, también se gastaron muchas palabras para opinar sobre Fake Famous a su estreno en 2021. Se pueden leer, incluso, insólitas defensas de un estilo de vida al en ese momento no se pensaba en tildar como dañino. Sin embargo, la expansión de su lógica de construcción de realidad acabó por dictar las condiciones en las que nos aproximamos a los sucesos en el ciberespacio. Es justo decir que la película nos presenta algunas advertencias: del trío de sujetos seleccionados, sólo una acepta sin miramientos la manipulación de su imagen. Los dos restantes terminan renunciando, asustados por semejante experiencia3.
Pero, tal el dicho de estos días, (como humanidad) no la vimos. No resulta fácil arriesgar cuándo se complicó la cosa. Más bien sucedió en forma incremental e indetenible. La viralización pasó de recurso para un sector deseoso de hacerse fama con pocos méritos a necesidad inherente al funcionamiento del sistema, e invadió el quehacer artístico con llamativa ubicuidad. Así, los músicos jóvenes —y sus equipos de trabajo— cumplen con lo que les pide la época. A los que estamos de este lado nos queda lo que siempre tuvimos: escuchar música. Todo lo demás no es real. ¿O sí?
La historia de este boludo me encanta: ahora decilo sin llorar.




