Si les contara que después de once años de ausencia un grupo publica un disco que empieza con un truco de magia, atraviesa un repaso por los títulos posibles —que estuvieron meditando, dicen, durante esa década— y termina con un brutal mashup de estilos en un minuto, sé que no creerían que algo coherente pueda salir de semejante mescolanza. Pero así es el mundo de los inveterados bromistas que forman el colectivo Wevie Stonder, que han decidido volver con un muestrario espléndido de su capacidad para sorprender y entusiasmar con cada nueva, alocada, risible, en apariencia imposible de realizar idea.
Una cuestión que abordé en mi previa excursión a través de la técnica conocida como plunderphonics es su capacidad de evocar sentimientos de profunda humanidad. Es algo que a priori no parecería posible encontrar en un proceso que implica extraer fragmentos y recontextualizarlos. Pero el resultado puede sorprender. Lo digo porque volvió a pasarme al descubrir el segundo álbum de Matt Stennes, Life Of A Voyager. Stennes construyó una serie de músicas que pintan el retrato de un marinero en altamar. Les aseguro que escuchándolo es difícil no ver cómo su intención va dibujándose con claridad conforme pasan las canciones.
Otro aspecto interesante de la tradición plunderphonic es el fervor de sus adláteres. Este año se cumplen cuarenta desde que John Oswald leyó su maravilloso ensayo en una conferencia en Toronto, y no son pocos los que todavía predican su ejemplo. Alex Koenig, nom de plume Nmesh, es uno de ellos. Hace dos décadas busca sintetizar «el sonido de la psicodelia en el siglo XXI». Partiendo del vaporwave, Nmesh pergeña un pastiche cuyo principal valor es la sorpresa que mantiene deseoso al oyente. En tal sentido, su nuevo disco The Molokai Compendium no tiene un momento aburrido. No es poco.





