Héroes anónimos
Mi nombre no es importante
William Kentridge se sienta a su mesa de trabajo. Parece oficinista: camisa blanca, pantalón negro y unos curiosos anteojos sostenidos por una cuerda que le sale del bolsillo delantero. Recuerda una historia que le contó su padre. Acrisio, rey de Argos, consulta al oráculo de Delfos. Quiere saber si tendrá un varón, pero su suerte se le revela de una forma cruel. Será asesinado por su nieto, vástago futuro de su hija Dánae. Aterrorizado, la encierra en una torre donde Zeus la embaraza con una lluvia de oro. Acrisio condena a Dánae y su bebé, Perseo, a naufragar hasta morir.
No me acuerdo de que papá me contara eso, le dice William Kentridge desde el otro lado de la mesa. Tiene la camisa arremangada y los anteojos en el bolsillo. Sí me acuerdo del cuento de Perseo y cómo mató a Medusa mirándola en su escudo, completa. Self Portrait As A Coffee Pot atraviesa la identidad, los recuerdos y la naturaleza del arte como si fueran un juego. Kentridge comenzó a grabar la serie a solas en su estudio de Johannesburg como un ejercicio para el aislamiento durante el COVID-19. Pero se transformó en mucho más que eso.
Los nueve episodios que dura su recorrido entrecruzan tres años, una ópera, una película, incontables ilustraciones e instalaciones de singular belleza en un laburo visual deslumbrante. Por sobre todo, atraviesan una pandemia con el impulso de no dejar de crear como oposición al encierro y la tragedia. En la medida en que las restricciones en Sudáfrica van relajándose1, más personas invaden el cuadro —y los cuadros— anulando la omnipresencia del artista, que no puede más que recibir esa compañía como un don. Después de todo, lo que le importa es «volver visible lo invisible». El trabajo del arte.
From The Heart, It’s A Start, A Work Of Art. Semejante título es el muro tras el que se esconde un mito. Esa leyenda tiene un nombre, pero no mucho más. Se llama Shinichi Atobe y es uno de los misterios más resonantes de la escena electrónica. En 2001, el sello berlinés Chain Reaction le editó un EP, Ship-Scope, que sorprendió a todos. Más aún cuando desapareció sin dejar rastro. El dúo Demdike Stare pasó más de diez años buscándolo. Lo encontraron en Saitama, Japón. El compilado de inéditos Butterfly Effect es el reflejo de esa pesquisa.
Tres años después, DDS recibió por correo los masters de From The Heart… Sería un proceso habitual en la relación entre Atobe y quienes lo (re)descubrieron. Le siguieron World, Heat, el magnífico Yes y Love Of Plastic. Poco se sabía de él: un puñado de presentaciones y alguna foto. Esquivo, introvertido, enigmático, críptico. Los adjetivos se amontonaban allí donde no había nada que contar. Hasta ahora. Hace un par de meses, el newsletter Tone Glow publicó la primera entrevista que dio Shinichi Atobe en su carrera. ¿La razón? Según él, nadie le pidió antes.
Sus respuestas tersas, sencillas y directas son, sin exagerar, un deleite2. Sobre todo porque rompen con el lugar común de pensar la carrera de estos artistas como una suerte de construcción para fascinar a través de su ausencia. Shinichi cuenta que le gustaba el rock y empezó a estudiar música de forma autodidacta. Ahorró, se compró un Prophet 600 y a los veintisiete años comenzó su recorrido. Mandó Ship-Scope a muchos lugares. Sólo Chain Reaction —a través de su disquería Hard Wax— se interesó en él. El resto es historia. Pero no se hizo con palabras, sino con música.
Una piedra aburrida que se traduce en una hoja de cálculo. Dos elementos de difícil yuxtaposición se unen en una misma intención: crear misterio. A los buenos chistes, dicen, sólo hay que contarlos, pero este parece que también quiere explicarse. Aún cuando las explicaciones no dejen nada claro. La lista de trapisondas que el dúo de británicos bromistas Two Shell le ha jugado a la industria es tan larga que su música amenaza con quedar en un segundo plano: sitio web inaccesible, fotos de prensa con distintos protagonistas, shows enmascarados —y quizás pregrabados— son su marca registrada.
¿Y las canciones? Existen, empecemos por ahí. Two Shell es su larga duración debut tras una extensa serie de EPs, numerosos singles y colaboraciones de alto perfil que fueron cambiando su valoración de simpática rareza a promisoria aparición. Además —no es un dato menor— es su primer lanzamiento para un sello importante, en este caso Young. Eso no los domestica. Más bien todo lo contrario. Como cuando usan Zalgo para deformar sus títulos, la variedad de manipulaciones a la que someten a sus composiciones deja una forma reconocible. Sólo hay que saber mirar (o escuchar) tras el ruido.
No puedo no pensar, entonces, en Jack y Patrick (tales sus nombres, según las indagaciones de ávidos detectives virtuales) y su(s) máscara(s). En su introducción a Kraftwerk —sin duda un modelo para aventuras como esta— Future Music From Germany3, Uwe Schütte arguye que la decisión del cuarteto de emplear maniquíes en sus presentaciones en vivo no busca engañar a su público. Es más bien una invitación a compartir un código común. «Ese es justamente el punto: fingir que los muñecos son robots cuando todos podemos ver que no lo son». Two Shell debe contar su historia. Pero no creérsela.
Un poco perdida en la historia oral que Resident Advisor publicó en el vigésimo aniversario de Kompakt hay una foto de conspicuo interés para quien bucee en los misterios de la electrónica. Es una de las pocas imágenes que existen del rostro del tipo que le mostró a aquellos endogámicos tecnofílicos que había ideas nuevas más allá de los límites de Colonia. Olaf Dettinger vivía en Bautzen, pequeño pueblo casi en la frontera polaca. Michael Mayer lo cruzó en una fiesta. Semanas después le llegó un demo suyo. Lo que vino después se cuenta solo.
Intershop fue el debut de Dettinger (y Kompakt) en el formato LP. Llamarlo revolución es bajarle el precio. No sonaba a nada que Mayer y los suyos hubieran editado ni oído antes. Oasis fue su continuación y evolución. Dettinger se convirtió en un nombre buscado. Pero nadie lo encontraría. Como si sus raíces lo llamaran, retrocedió hasta desaparecer. Ni siquiera una necesaria —y muy celebrada— reedición reciente de sus discos logró sacarlo de su anonimato voluntario. Mejor así. Aunque él sea invisible, su música logró lo más importante: hacer visible lo que no estaba ahí.
Esta es la última entrega de uniendo los puntos de 2024. En diciembre se viene un repaso —lleno de música, por supuesto— de lo que dejó el año, y un par de ideas para pensar sobre lo que vendrá. Gracias por la compañía a lo largo de estos meses. Los espero en 2025 y más allá.Según el sitio oficial, el alerta se levantó en abril de 2022. Hubo más de cien mil muertes.
Este año se editó en español.




