El silencio baila
Una despedida
Para ser tan importante en mi vida, es curioso que no haya visto Children Of A Lesser God. Voy a tratar de hacerlo pronto, aunque no estoy seguro que pueda. De hecho, habiendo sido nominada a cinco Oscars —de los que ganó uno, ya voy a eso— y un suceso de taquilla, es llamativo cuánto se hundió en el olvido (ya voy a eso también). Basado en una obra del mismo nombre de 19791, este film de 1986 relata el romance de dos empleados de una escuela para hipoacúsicos: James, nuevo y enérgico profesor, y Sarah, ex estudiante vuelta conserje.
La relación pone en conflicto sus visiones respecto a las capacidades de Sarah: si bien ella añora el baile y siente en su cuerpo la música, se niega a hablar —mandato al que los sordos pueden oponerse si así lo desean— y ve en James un mentor algo condescendiente. El argumento espeja la inspiración de Mark Medoff, su autor, que fuera la vida de Phyllis Frelich —estrella de la primera puesta— junto a su marido oyente. Frelich y Marlee Matlin, su homóloga fílmica, fueron premiadas por su labor: la primera con un Tony, y Matlin con un premio de la Academia.
Si se preguntan cómo sé tanto de esta historia, la respuesta se remonta a 1982. Ese año, Sergio Renán se propuso adaptar, dirigir y protagonizar el drama bajo el título Hijos Del Silencio. La elección de su contraparte no fue sencilla. Sin embargo, en su búsqueda apareció una modelo hipoacúsica finalista de Miss Argentina, entrenada en danza contemporánea con la genial María Fux y que pese a nunca haber actuado terminaría en la tapa de los personajes del año de Gente. Ella —más anónima que Frelich y Matlin— se llamaba Sonia Salar. Pero a mí me encantaba decirle mamá.
Es 25 de diciembre. Son las ocho de la noche. Aferrado al asiento del acompañante de una ambulancia que vuela sobre la ruta 2, veo por primera vez la luz de la sirena que nos habilita a acelerar reflejada en las letras blancas de un cartel que enmarca la autopista. Faltan unos doscientos y pico de kilómetros para llegar, y mucho más para entender a qué destino. Cuando paramos pienso en mi papá, que venía atrás. ¿Se habrá perdido? Pestañeo y está ahí, al lado nuestro. Es la prueba inicial de su determinación. No será la última.
Se ha dicho muchas veces2, pero hay que vivirlo para entenderlo. La capacidad del ser humano para adaptarse a su circunstancia es admirable. En nuestro caso, a partir del torbellino en que nos envolvió lo que pasó con mi mamá, fuimos descomponiendo la existencia que conocíamos y tuvimos que acostumbrarnos a un devenir de hospitales, clínicas, estudios, diagnósticos, tratamientos, insumos, trámites, efímeras esperanzas, largas tristezas, tiempo, falta de tiempo, progresos, retrocesos, luces, sombras, miedos, más miedos; una vida —la de mi vieja— en ínterin sostenida por tres vidas —la de mi viejo, la de mi hermano, la mía— en suspensión.
Lo que nos daba fuerzas, claro, era su fuerza. Esa llama interior que nunca perdió, la misma que la llevó del Instituto Oral Modelo a la calle, de la calle a las tablas y de las tablas a la enseñanza y la maternidad. Apoyada en esos dos pilares que hizo tan suyos construyó su auténtico legado, que sobrepasó por mucho la fama efímera y se transformó en lo más duradero que existe: la habilidad de cambiarle la cabeza, el corazón y el alma a todos los que eligieran acercarse a ese fuego vital para arroparse, aprender y, sobre todo, bailar.
Para cuando un peculiar mail llegó a su bandeja de entrada en 2015, Beverly Glenn-Copeland llevaba más de una década identificándose como un hombre transgénero y unos cuantos años más trabajando en silencio, olvidándose de su alter ego, el de músico, digamos, pop. En su lugar, el pianista —nacido en 1944 bajo el nombre Beverly Glenn— vivía de componer música de televisión (incluyendo Sesame Street) junto a su mujer Elizabeth. En aquel correo, un coleccionista japonés llamado Ryota Masuko le preguntaba si aún tenía copias de Keyboard Fantasies, un viejo disco suyo. Sería el comienzo de un nuevo capítulo.
El renacer de la carrera artística de Glenn-Copeland —que incluyó la reedición de sus grabaciones autopublicadas de los ‘70, nuevos lanzamientos, alianzas con artistas contemporáneos y un recomendado documental— pareció detenerse hacia fines del año pasado. Entonces, le contó al mundo que había sido diagnosticado con un desorden cognitivo extraño y novedoso conocido como encefalopatía LATE. Pero donde otros vieron un impedimento, Beverly encontró una oportunidad. Del dolor surgió la necesidad de continuar. Por supuesto, entendió que no podía hacerlo sin la compañía de quien fuera su musa, su fuerza y su espíritu desdoblado en otra persona.
Con la ayuda de Elizabeth y un par de colaboradores —Alex Samaras en piano, Naomi Butler en vientos— Glenn-Copeland transformó su incertidumbre en música. Al principio, cuenta en las notas del álbum, las canciones de Laughter In Summer eran melodías. De a poco, igual a los días, sus letras se develaron. La más significativa se grabó en una toma, con el acompañamiento de un coro canadiense. Se llama "Let Us Dance (Movement Two)".
«El viento sopla sobre las colinas
el día le da la bienvenida al amanecer
El sol brilla junto al camino:
Bailemos por el camino,
bailemos por el camino»
La danza fue el lenguaje que mi mamá eligió para comunicarse con el mundo. Mucho después de ese roce fugaz con la celebridad, siguió haciéndolo a su manera tan personal y a la vez tan inspiradora3. Enseñar a bailar —a sus semejantes, a la tercera edad, a niñas, a quien quisiera aprender— fue el camino a través del que cambió, sin saberlo, la vida de muchas personas que encontraron en los espacios que ella abría una ocasión para (con)moverse. Dar clase era su momento de iluminación: espiándola en estado de gracia, transmitiendo su sapiencia, sabías que eso era lo suyo.
De vez en cuando, sin embargo, volvía al escenario por puro placer. Describir lo que se sentía verla trazar sus movimientos no al ritmo de una canción, sino merced al efecto que le provocaba en el cuerpo, es una tarea para la que carezco de palabras. Lo mejor que puedo decir es que ella misma se transustanciaba en el tema que estuviera representando con una entrega tal que era difícil, al observarla, no pensar en que las dos —la música, la mujer— eran en ese momento una sola cosa en flujo perfecto, cambiante, intenso y eterno.
Sus elecciones para bailar siempre me sorprendían. Creo que conectaba con el alma de una pieza y se disponía a unirla con la suya, sin que le importaran el género u otras convenciones. Nació para eso, mi mamá. Para crear movimiento del instante, romper dogmas y mostrarnos que lo importante es conectarnos con lo más real de nuestras emociones. De las que la vi interpretar recuerdo especialmente "Old And Wise". En estos días pensé mucho en esa letra.
«Hasta donde mis ojos pueden ver
hay sombras acercándose
Y quienes dejo atrás, sepan que
siempre están en mis pensamientos
Me seguirán adonde vaya»
A M.S.S. [1949 — 2026]Hasta quizás desmentido.





