Uno de los preceptos —si es que eso existe— del juego es la posibilidad de unir en una sola acción dos elementos que de tan dispares parecerían inconexos. Pero es parte de nuestra capacidad lúdica —un regalo de la naturaleza: pocas especies nos brindamos al placer de travesear por la travesura misma— encontrar la manera de que esos universos heterogéneos se junten, aunque sea por un rato. El guitarrista estadounidense Shane Parish, por caso, decidió arriesgarse a un ejercicio donde los abigarrados experimentos electrónicos de Autechre pasan por la fina estampa de sus dúctiles seis cuerdas. Ustedes sabrán qué sentir.
Hay otros que juegan con los límites, que eligen profundizar en una propuesta en la que —cual gigantesca ensaladera— el lenguaje memético del internet contemporáneo se homogeneiza, como en un zapping, con las más variadas influencias de la cultura de masas que nos circunda. Así encontré la más reciente aventura del neerlandés gladde paling —nacido bajo el nombre de Laurens Van Dijk— consistente en un tour de force al que bautizó onderwaterwereld, literalmente "mundo submarino". Vaya si es un viaje a la profundidad lo que proponen estas breves y excitantes viñetas, pero a la profundidad del entendimiento: mucho por desentrañar.
También están aquellos para quienes jugar significa trasvasar, eso es, reinterpretar un lenguaje adquirido y transformarlo en otra cosa. Es una forma sutil de juego, pues supone respetar un legado sin que eso signifique sacralizarlo. Convertir lo incólume en una entidad viva, en ese contexto, suena más apreciativo que permitir que se torne en lengua muerta. Esto es lo que hicieron los muchachos del dúo Ragger —Marc Riordan y Jon Leland— con la obra de los compositores de ragtime, en particular Scott Joplin. Al filtrar tan tradicional cadencia por instrumentos electrónicos modernos, redescubren en ella algo. Algo bellísimo y divertido.





