En 1970, el grupo Ez Dok Amairu —un emergente de la euskal kantagintza berria, o nueva canción vasca— llegó a lo que se considera el cenit de su producción. Desde mediados de la década anterior se habían reunido en torno a un ideal: recuperar el idioma euskera y —a partir de esa reivindicación— renovar la cultura euskalduna. Con ese objetivo presentaron Baga, Biga, Higa… Sentikaria, espectáculo multidisciplinario que entremezclaba la tradicional baztango dantza con rescates del cancionero histórico euskaldun. Treinta y cinco años más tarde, el colectivo Goxoa Grooves recompone esta propuesta en forma de beats. Tan sorprendente como emotivo.
Una pregunta sobrevuela el inquietante Caligo con el que Siavash Amini rompió la monotonía discográfica este año. ¿Qué es lo que permanece de nuestra cultura —de nuestra historia— cuando todo alrededor ha sido despedazado? Siavash es de Teherán, capital de un Irán cuya convulsionada existencia es motivo de nerviosismo permanente. En el medio, por supuesto, el artista hace lo único que siente que debe hacer: crear. Amini tomó una decisión idiosincrática: partió de las primeras grabaciones de piano hechas en su país —en cuyos detalles no abunda— y las procesó hasta tornarlas irreconocibles, urdiendo con ellas piezas novedosas y potentes.
La de Ata Kak es una de esas historias que hacen honor al milagro de la música. En 1994, editó en su Ghana natal un cassette cantando en twi —uno de la docena de dialectos que se hablan en el país— sobre una amalgama de electrónica, funk y reggae. Las cincuenta copias de Obaa Sima ("Mujer Perfecta") pasaron de mano en mano cual secreto sin que Yaw Atta-Owusu —tal su nombre real— lo supiera. En 2015, fanáticos de su señero álbum lo reeditaron. Diez años después lo hicieron con sus nuevas canciones. Un sonido que sobrevivió al paso del tiempo.





